28 de junio de 2012

Cruza en silencio la palabra democrática

Acepto de todo corazón la máxima: “un pueblo culto es un pueblo libre”, y me gustaría verla puesta en práctica de un modo sistemático y honesto. Pero al tratar de cumplirla en nuestro tiempo resulta que no pocos son los gobernantes que se le oponen porque para el gobierno un pueblo instruido es un pueblo que le obligará a abandonar los privilegios de los pocos para repartir sus prebendas entre los muchos. En cualquier caso, cuando los hombres se internan en su cultura, cuando se reconocen como parte de una cultura, son entonces hombres instruidos, libres, y, por consiguiente, el gobierno que éstos hombres eligen es igualmente libre.
Es verdad que a veces el gobierno vacila en decretar leyes o en realizar programas sociales porque esperan que la población constituya una mayoría en torno a sus razones, razones de interés sólo para los que ejercen el poder y la administración gubernamental. Pero yo creo que un solo hombre con conciencia, cultivado, dueño de su libertad, es ya una mayoría de uno. Tan sólo hay que enfrentar a ese hombre en contra de las vacilaciones a las que me he referido para ver cuán absurdas son éstas. Ningún gobierno debería vacilar en su apoyo a las causas sociales así como ningún pueblo debería vacilar en seguir o no a un gobierno que no le representa. Si el concepto de libertad se halla en el fondo de la constitución de un país, entonces los hombres de ese país no sólo tendrán la justificación para elegir a su gobierno sino también para rechazarlo.
Una decisión razonable sería apoyar la libertad cultural de las decenas de hombres que se han visto defraudados por los magros objetivos de los gobiernos recientes, porque estoy seguro de que no es un solo hombre quien busca su libertad en la cultura, sino cientos lo que en ella encuentran su mejor futuro. Un esfuerzo así, un esfuerzo que privilegie la conciencia, no necesita de grandes infraestructuras, teatros, plazas, los acostumbrados gastos faraónicos, sino de la organización de esos hombres en actividades recurrentes: una red que involucre a la comunidad artística de manera que la danza, la música, las letras, y las otras manifestaciones se encuentren al alcance de la mayoría. Me refiero a una red que propague la conciencia libertaria entre los miembros de la comunidad y no la ideología o los logros del gobierno en turno. No nos gustan estas verdades porque son ciertas: preferimos erigir monumentos a la absurdidad, hacer gala de erudición, o parafrasear discursos apenas escuchados. Lo que verdaderamente importa no es un gran comienzo sino un comienzo. La reforma de la sociedad es posible a través de pequeños actos bien hechos y perdurables: divulgar el quehacer artístico y social de la comunidad.
Si un hombre que aún no nace llegara a pensar en nuestro tiempo, un tiempo carente de conciencia, pero con deseo por mejorar su situación social, a ese hombre no le parecerá jamás que nuestros esfuerzos habrán sido en vano, nunca pensará que nuestro tiempo habrá sido inútil y perecedero. Creo que ese hombre ha nacido ahora y ahora espera una respuesta concreta de sus representantes, de nosotros; ese hombre camina por nuestras calles y nos mira con inquietud exigiendo cambios permanentes. Ese hombre no tiene interés en discutir cosas inútiles sino en forjar un mejor mañana basado en su conciencia y creando, por consiguiente, una nueva cultura social y democrática. Ese hombre ha llegado y no desea partir.

30 de abril de 2012

Dos poemas

Les dejo el link de dos pequeñas silvas publicadas en la revista El Canto del Ahuehuete

http://revista-ahuehuete.blogspot.mx/2012/04/dos-poemas-de-jose-antonio-banda.html

11 de febrero de 2012

Alucinación, de José Hierro

Me acuerdo de los árboles de Dublin.

    (Imaginar y recordar 
se superponen y confunden;
pueblan, entrelazados, un instante
vacío con idéntica emoción.
Imaginar y recordar... )

    Me acuerdo de los árboles de Dublin...
Alguien los vive y los recuerdo yo.
De los árboles caen hojas doradas
sobre el asfalto de Madrid.
Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
acarician mis manos,
quisieran exprimirme el corazón.
No sé si lo consiguen...

    Imaginar y recordar...
Hay un momento que no es mío,
no sé si en el pasado, en el futuro, 
si en lo posible... Y lo acaricio, lo hago, 
presente, ardiente, con la poesía.

    No sé si lo recuerdo o lo imagino. 
(Imaginar y recordar me llenan
el instante vacío.)
Me asomo a la ventana.
Fuera no es Dublin lo que veo,
sino Madrid. Y, dentro, un hombre
sin nostalgia, sin vino, sin acción, 
golpeando la puerta. 
                                  Es un espectro
que persigue a otro espectro del pasado;
el espectro del viento, de la mar, 
del fuego, -ya sabéis de qué hablo-, espectro
que pueda hacer que cante, hacer que vibre
tu corazón, para sentirse vivo. 

José Hierro, Libro de las alucinaciones, 2000, Madrid, Cátedra.