11 de febrero de 2012

Alucinación, de José Hierro

Me acuerdo de los árboles de Dublin.

    (Imaginar y recordar 
se superponen y confunden;
pueblan, entrelazados, un instante
vacío con idéntica emoción.
Imaginar y recordar... )

    Me acuerdo de los árboles de Dublin...
Alguien los vive y los recuerdo yo.
De los árboles caen hojas doradas
sobre el asfalto de Madrid.
Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
acarician mis manos,
quisieran exprimirme el corazón.
No sé si lo consiguen...

    Imaginar y recordar...
Hay un momento que no es mío,
no sé si en el pasado, en el futuro, 
si en lo posible... Y lo acaricio, lo hago, 
presente, ardiente, con la poesía.

    No sé si lo recuerdo o lo imagino. 
(Imaginar y recordar me llenan
el instante vacío.)
Me asomo a la ventana.
Fuera no es Dublin lo que veo,
sino Madrid. Y, dentro, un hombre
sin nostalgia, sin vino, sin acción, 
golpeando la puerta. 
                                  Es un espectro
que persigue a otro espectro del pasado;
el espectro del viento, de la mar, 
del fuego, -ya sabéis de qué hablo-, espectro
que pueda hacer que cante, hacer que vibre
tu corazón, para sentirse vivo. 

José Hierro, Libro de las alucinaciones, 2000, Madrid, Cátedra.

8 de noviembre de 2011

Recordando a Tomás Segovia


A Tomás Segovia (1927 - 2011)

A veces es difícil imaginar otra vez dónde se encontró una sonrisa discreta, una palabra de aliento, un silencio amable. Uno sabe, tarde o temprano, que al volver a determinados sitios nada volverá a ser igual. Hago un repaso y recuerdo una imagen, o más bien, recuerdo un túnel, una boca de metro, una glorieta y la puerta giratoria del Café Comercial. Recuerdo una noche de primavera del dos mil ocho: una librería con las bombillas a media luz, una voz paladeando versos y manos sosteniendo las tapas de un libro reciente.
De esa noche quedan varias anécdotas memorables y las charlas en el Café Comercial, los sábados, a las once o doce del día. Queda en la memoria la voz juvenil, atendida bajo el rumor de los coches de la glorieta de Bilbao por aquella otra de experiencia y vitalidad, mientras la taza de café humeaba la mañana.

Nada volverá a ser igual, y un blog ha quedado sin dueño.
Pues hoy, en la Ciudad de México, se ha ido Tomás Segovia,
un enorme poeta, pero sobre todo un hombre memorable.
Ha partido quizá para otra vez soñarlo todo, como dijera en uno de los versos de Anagnórisis.
Adiós, Tomás, Adiós.

24 de octubre de 2011

Todos los instantes son un sólo instante


    Una cosa es segura: tememos a la muerte. Todo es mortal ha dicho Bécquer en su lecho de muerte. Cierta o no la frase, su enunciación revela la condición del mundo. Una condición que eludimos día a día para vivir mejor, para mejor vivir en la ignorancia de lo efímero. El mundo tiende a la muerte y por eso mismo preferimos construir otro. Sin embargo, si todo es mortal, ¿a qué sustituirlo con una mentira? ¿O ésta será necesaria para vivir?
    Hace unos días asistí con unos amigos a la celebración de una boda. El rito, debo decirlo, me parecía intolerable. Esas ficciones, esas apariencias de lo sagrado, al aparecer frente a mí con toda su falsedad, creaban un denso clima irrespirable. Pero, en cambio, uno de los amigos decía lo contrario. Él decía estar contento, decía que preferir la ficción de Dios, saber que todo en el mundo es apariencia. Era preferible vivir esa falsedad porque ésta resolución le permitía disfrutar a plenitud de la grandeza de los hombres. 
    Así que una vez más me equivocaba. A la muerte de Dios aún nos quedan algunos caminos: aceptar su deceso, fingir su existencia o sustituirlo con otro numen. El primer camino entraña una valentía que pocos hombres llevan dentro. Vicente Huidobro, en el primer canto de Altazor, se pregunta por la necesidad de cambiar la moral cristiana por una nueva, esto es, se pregunta el para qué cambiar el mundo construido por el hombre a raíz del cristianismo por otro que, acaso, sea una prolongación del cadáver. Huidobro, en el poema, se enfrenta a la Nada de manera gozosa: descubre el placer en la revelación del azar. Otros, los más, preferimos fingir. Unos a través de las hermosas mentiras de siempre mientras otros fingimos la ausencia mediante la sombra de un dios acaso igual de abstracto e inasible que el cristiano. El hombre tiende a adorar objetos abstractos: el país, la nación, la economía, el mercado, la democracia. La cuestión es no abolir la trascendencia. 
   Estas sustituciones son quizá porque tememos a la muerte o porque, como diría Bécquer, todo es mortal, o porque no afrontamos con entereza la verdadera clave de la vida: el azar. El azar singulariza toda la experiencia diaria. La virtud de lo efímero es cristalizar la vida, quiero decir, hacerla transparente dentro de una imagen, contrario a lo que sucede con lo eterno que hace a la vida banal dentro de su ciclo de repeticiones. 
   Quizá en lugar de preocuparnos en demasía por la muerte, por el azar, por un rito cualquiera, deberíamos vivir, dejar constancia de nuestra existencia en una imagen o acto que se sostenga de forma gozosa, un acto valiente y sabio, azaroso y único: poesía.