8 de diciembre de 2008

Work in progress, Ejercicios de disolución

Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui, mientras la escribía y que, para redactar esta narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta lo infinito [...]

Borges, El Aleph

2 de diciembre de 2008

Sobre el tiempo presente, de José Ángel Valente

Se freres vous clamons, pas n'en devez.
Avoir desdaing, quoy que fusmes occis
Par justice.
(Ballade des Pendus)

Escribo desde un naufragio,
desde un signo o una sombra,
discontinuo vacío
que de pronto se llena de amenazante luz.

Escribo sobre el tiempo presente,
sobre la necesidad de dar un orden testamentario a nuestros gestos,
de transmitir en el nombre del padre,
de los hijos del padre,
de los hijos oscuros de los hijos del padre,
de su rastro en la tierra,
al menos una huella del amor que tuvimos
en medio de la noche,
del llanto o de la llama que a la vez alza al hombre
al tiempo ávido del dios
y arrasa sus palacios, sus ganados, riquezas,
hasta el tejo y la úlcera de Job el voluntario.

Escribo sobre el tiempo presente.

Con lenguaje secreto escribo,
pues quién podría darnos ya la clave
de cuanto hemos de decir.
Escribo sobre el hálito de un dios que aún no ha tomado forma,
sobre una revelación no hecha,
sobre el ciego legado
que de generación en generación llevará nuestro nombre.

Escribo sobre el mar,
sobre la retirada del mar que abandona la orilla
formas petrificadas
o restos palpitantes de otras vidas.

Escribo sobre la latitud del dolor,
sobre lo que hemos destruido,
ante todo en nosotros
para que nadie pueda edificar de nuevo
tales muros de odio.

Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos,
con palabras secretas,
sobre una visión ciega, pero cierta,
a la que casi no han nacido nuestros ojos.
Escribo desde la noche,
desde la infinita progresión de la sombra,
desde la enorme escala de innumerables números,
desde la lenta ascensión interminable,
desde la imposibilidad de adivinar aún la conjurada luz,
de presentir la tierra, el término,
la certidumbre al fin de lo esperado.

Escribo desde la sangre,
desde su testimonio,
desde la mentira, la avaricia y el odio,
desde el clamor del hambre y del transmundo,
desde el condenatorio borde de la especie,
desde la espada que puede herirla a muerte,
desde el vacío giratorio abajo,
desde el rostro bastardo,
desde la mano que se cierra opaca,
desde el genocidio,
desde los niños infinitamente muertos,
desde el árbol herido en sus raíces,
desde lejos,
desde el tiempo presente.

Pero escribo también desde la vida,
desde su grito poderoso,
desde la historia,
no desde su verdad acribillada,
desde la faz del hombre,
no desde sus palabras derruidas,
desde el desierto,
pues de allí ha de nacer un clamor nuevo,
desde la muchedumbre que padece
hambre y persecución y encontrará su reino,
porque nadie podría arrabatárselo.

Escribo desde nuestro huesos
que ha de lavar la lluvia,
desde nuestra memoria
que será pasto alegre de las aves del cielo.
Escribo desde el patíbulo,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
pues de algún modo hemos de ser ejecutados.

Escribo, hermano mío de un tiempo venidero,
sobre cuanto estamos a punto de no ser,
sobre la fe sombría que nos lleva.

Escribo sobre el tiempo presente.

José Ángel Valente, Entrada en materia, Cátedra, Madrid 2005

30 de noviembre de 2008

Los Nicolaítas, de José Ángel Valente

Esto tienes, empero, que aborreces las obras
de los nicolaítas, que yo también aborrezco.

Juan, A la iglesia de Éfeso

Los reconocerás porque llevan siempre una oreja portátil y una lengua subsidiaria y reptante. Los reconocerás por la tenue palidez de sus segundas manos y el escondido sobresalto que a veces les produce una mirada. Les gustan las comidas concertadas, las fechas y la relación general con hombres públicos. Se alimentan con tres clases de humos. Veneran a Baal, como es sabido. La piedad es su forma de impiedad más segura. Tienen criterios, normas, islas y archipiélagos. Pueden reproducirse por esporas. De la reversibilidad del sí y del no obtienen memorables beneficios. Podrían ser necrófagos, mas no hay de ellos prueba irrefutable. Los signos del poder establecido les suelen producir un hipo breve o cortos derramamientos convulsivos. Sienten predilección por las banderas, por la competición y el éxito. Practican tres deportes y carecen de brazos naturales. Algunos de ellos son altos, fofos y fragantes. Éstos ocupan puestos secundarios y se utilizan de relleno en actos y en salones. Llevan cartas de recomendación y apoyo en tubitos métalicos adaptados al recto. También los reconocerás en cuanto dice de ellos relación con los ídolos. Y puesto que han llegado a poseer la tierra, sabemos hoy, filioli, camaradas, hermanos, que su tiempo de destrucción está cumplido.

José Ángel Valente, Entrada en materia, Cátedra, Madrid 2005